Diego del Gastor

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Nombre

Diego Flores Amaya, Diego el del Gastor

Fecha de nacimiento

15 de marzo de 1908

Lugar de nacimiento

Arriate

Profesión

Guitarrista flamenco



Diego Flores Amaya, Diego el del Gastor, guitarrista flamenco nacido en Arriate en el 15 de marzo de 1908 y muere Morón de la Frontera (Sevilla) en 1973.


Biografía

Hijo de Juan y Bárbara, Diego Amaya Flores nació en la posada que existía en la calle Ronda, nº 22, frente a la plaza de San Juan Bautista, conocida popularmente como La Plazoleta y hoy llamada plaza de José Díaz Mena.

Vivió desde niño en El Gastor (Cádiz), hasta 1923, año que se avecindó en Morón de la Frontera, donde tuvo como maestros a su hermano Pepe y a José Naranjo Solís. Su trayectoria artística se desarrolló principalmente en reuniones de cabales, salvo esporádicas actuaciones en público y en programas de televisión, lo que no fue impedimento para que su fama llegara a ser universal, dadas las características personalísimas de su toque, con el que acompañó a grandes figuras del cante, pertenecientes a distintas generaciones.

Reconocimientos

El mismo año de su muerte, 1973, la Cátedra de Flamencología y Estudios Folklóricos Andaluces de Jerez de la Frontera, le otorgó el Premio Nacional de Flamenco, correspondiente a la enseñanza y la maestría. Participó en la antología discográfica Archivo del cante flamenco, y el programa televisivo Rito y geografía del flamenco tiene por sintonía su guitarra.

Al morir, fue suspendido el tradicional festival El Gazpacho de Morón, y en 1974, en Morón de la Frontera se rotuló una calle con su nombre y tuvo lugar el 13 de julio, en los Jardines de la Alameda, la inauguración de un monumento a su memoria, consistente en un busto obra de Juan B. Britto, con la asistencia de las autoridades locales y la presencia de numerosos artistas, entre ellos Antonio Mairena. Fernanda y Bernarda de Utrera, Joselero, El Andorrano y Ansonini, gran cantidad de aficionados, miembros de tertulias y peñas flamencas y flamencólogos.


Reseñas

Su arte ha suscitado poemas de José Bergamín y Alberto García Ulecia entre otros autores, así como glosas exaltativas de numerosos flamencólogos, entre las que seleccionamos los siguientes párrafos: Francisco Ayala:

«El toque de Diego contiene más alma -más duende- que el toque de cualquier otro guitarrista flamenco hoy día. Diego no se adhiere a la corriente moderna de la velocidad y el lucimiento personal, admitidamente necesarios para aquellos que deben competir en el ambiente comercial del flamenco. Por el contrario, retiene tenazmente la sencillez de los tiempos pasados, antes de que la guitarra flamenca se convirtiera en un instrumento de virtuosismo, cuando todavía era fundamentalmente un medio genuino y primitivo de expresar lo hondo... Otras facetas que contribuyen a la grandeza del toque de Diego son su exquisito talento para acompañar el cante -especialmente el cante gitano- y el hecho de que mucho del material que toca es de su propia creación, el cual, en la actualidad, forma el núcleo de una auténtica escuela y estilo. Pero lo más importante de todo no es lo que toca, sino cómo lo toca. Diego posee el corazón y el talento de convertir, incluso la falseta más anodina, en una red que va tejiendo, hasta capturar la más pura expresión de un arte, que no es simplemente un aluvión de notas, sino una expresiva combinación de música y alma».


Juan J. García López dijo:

«En el Japón su estilo está pedagógicamente sistematizado en los conservatorios; en Nueva York existe una escuela de guitarra que estudia sus formas y modos artísticos. Esta escuela lleva su nombre. Por España e Iberoamérica el mensaje lo portan sus sobrinos, fieles traductores a la casa y al noble empeño de Diego: Un sello que no se vende». Fernando Quiñones: «Su clase guitarrrística correspondía a una personalidad humana, simultáneamente poderosa y delicada. Su toque, abundante en variaciones muy originales y flamencas. Con él pierde la guitarra una de sus mejores figuras». Julio Vélez: «Al final de sus actuaciones en público a las que Diego tenía tanto miedo, y tras los aplausos, no inclinaba la cabeza en señal de agradecimiento, sólo mostraba la guitarra, y con una mirada especial parecía recordarnos que sólo hacía lo que la guitarra le dijese que hiciera. En estos festivales, Diego era bien distinto a las reuniones de amigos. Lo que en éstas eran el valor y la entrega, en aquéllas eran el miedo y el respeto.
Diego no gustaba del aplauso y el ruido, sólo pertenecía al silencio, y al final, el ruido pudo más que él mismo. El silencio que alrededor de su persona quiso construir fue roto por comerciantes y vendedores de música. Cintas con grabaciones de Diego atravesaron las fronteras y fueron vendidas a precios desorbitantes. Mientras Estados Unidos podía oír el toque de su guitarra, en muchas comarcas españolas continuaba completamente ignorado. Mientras más contratos rechazaba, más venían. Mientras más se ocultaba, más buscado era»


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